Mi tinta es la lágrima que derramo hacia adentro. Escribo y lloro, me baño en los afluentes del lenguaje que desembocan en mi interior. Están hechos de las palabras no dichas que han hecho de la escritura mi lengua materna.
La mujer sonriente y conveniente, la que es condescendiente; la que se esconde detrás de que todo lo puede y no asume que es sumisa; la mujer que se ve no es la que escribe.
Escribo y me vacío. Queda espacio para el aire que ensancha mi rostro hasta que parece que sonrío. Otra vez soy la que esperan querer.
Me ha dicho mi analista que amar y amamantar comparten raíz etimológica. O algo así. Amar entonces es el acto de nutrir al otro sin desnutrirse. Temo haber escuchado tarde ese mensaje que tantas veces quiso darme.
Mi madre ya no puede amamantarme ni yo puedo hacerlo, soy un cuenco desierto. El agua se ha ido con los deseos desperdiciados. Soy una mujer que enmudece si no hay silencios donde esconderse. Una cueva, una caverna platónica, donde veo mi propia sombra y me la creo. La literatura me libera, se rompen las cadenas y temo lo peor si me lo cuento.
Nota: la foto de portada es una visita a la casa de Mujica Lainez










